'Mestalla, la primera piedra'

03/07/2017

 

Ché la vie! Corría el año 1923. Por aquel entonces aún teníamos el cauce del río Turia, en la Avenida del Puerto afloraban campos de naranjos y la actual Ciudad de las Artes y las Ciencias quedaba tan lejos que ni desde la cima del Miguelete se podía ver. Aquel año, la acequia de Mestalla, que alimentaba la huerta, moldeaba la primera piedra que debía construir un nuevo campo con el objetivo de hacer brotar y ver crecer regueros de sentimiento y valencianismo.

 

Tengo 27 años y no puedo contar mucho más sobre aquellos años; solo lo que he leído y me han contado mis abuelos. Hoy, he decidido dejarme llevar. Camino sigiloso por las calles de mi amada Valencia, aquellas que tantas veces mis antepasados han nombrado como la mejor ciudad para vivir. Puntilleo el asfalto sin hacer mucho ruido y mi mirada se pierde fachada tras fachada. Los edificios te hablan, te enseñan sus cicatrices orgullosos de seguir en pie. Observo las heridas de las Torres de Quart. Cuenta la leyenda que cada vez que recibía un disparo salvaba la vida de un valenciano. Cada rincón de esta ciudad tiene una bonita historia que contar. Sigo caminando cuando mis piernas empiezan a temblar. Mi cuerpo hace un alto en el camino cada día que paso entre la Avenido de Suecia y la Avenida de Aragón. Algo me eriza la piel y llama a mi puerta como si de un bombo en mis oídos se tratara. Me detiene y me obliga a levantar la mirada hacia el cielo para ver que las canciones han cambiado, los jugadores son leyendas ahora y las gradas conectan con el cielo donde muchas veces hemos estado. Cada vez que cierro los ojos, la gente se pregunta quién soy y qué hago aquí. Me gustaría poder explicar lo que siento en ese momento, decirles que mi bisabuelo se sentaba aquí en el mismo sitio que lo hago yo ahora cada domingo. Sé que siento lo que él una vez sintió. No lo llegué a conocer, me hubiera gustado pero este campo es lo que nos queda.

 

Ese sentimiento se heredó generación a generación. Mi abuelo contaba como Quique se encaramó al larguero en Chamartín en el año 54 tras ganar 3-0 al Barcelona en la final de Copa. Mi padre, ha memorizado las alineaciones dejando en un segundo plano las tablas de multiplicar y mi hermano, recita los goles como si los hubiera metido él. En el fondo es quién empuja la pelota con su pasión; somos nosotros, con nuestro aliento, quiénes lo hacemos. Me cuesta creer que Mestalla algún día nos deje, por eso cada vez que voy, vivo cada momento como si fuera el último, como muchos de nosotros, a sabiendas que algún día lo será. Tengo claro, que fue la primera piedra.

 

Somos la afición “más exigente de España”, eso dicen. Muchos son los que no nos entienden. Pero algo está claro; no llevan el cromosoma valencianista. Ese que pasa generación tras generación, de bisabuelos a biznietos, de hermanos a primos. En el ADN de mi familia están los ojos azules, la piel blanca y un cromosoma que nunca falla: el cromosoma valencianista.

 

¿Has estado alguna vez en Mestalla? Ve!

 

El último que lo hizo no volvió a ser el mismo.

 

 

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Ilustraciones por ElabrigodePeral

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