Minuto 93: dejar de pensar para sentir

26/12/2018

 

El domingo pasado sentí que volví a nacer por el miedo a morir. Un instante que lo cambio todo e hizo que nuestra conciencia en forma de ángel y demonio se reconciliaran con un efusivo abrazo.

  

El valencianismo arrancaba temprano en diferentes puntos de la ciudad. Desde el km 0 en la antigua sede del bar Torino las voces de un grupo de aficionados pasaban de 0 a 100 en cuestión de segundos aferrados a la historia, a un escudo. Encabezados por la CN10 y como si de una procesión se tratara, pusimos rumbo al templo de Mestalla. A su paso, las terrazas hacían previa. Rebosaban de bocatas, refrescos y litros de cerveza. Atrás, dejábamos 99 años de historia. Por delante, un futuro incierto lleno de ilusión y de valencianismo.

  

En los aledaños, la gente se felicitaba la navidad, disfrutaban de la nueva fachada de Mestalla y soñaban con una goleada al colista sobre el césped. El graderío estaba casi repleto hasta las banderas. Unas banderas que marcan la clasificación y donde se encuentra la del Valencia en un lugar que no le corresponde y del que debemos salir ya.

  

El sol, de punta en blanco, asomaba por el flanco derecho de Mestalla. El Valencia golpeó primero, el director de orquesta estaba fino pero no había forma de sentenciar arriba. Los tiempos cambian y el Valencia no sentencia como antes. Nos hace sufrir, pasarlo mal y en el fondo me gusta porque demuestra que sigo sintiendo algo por el Valencia. Corría el minuto 93 y el nerviosismo  se respiraba en el ambiente. Un partido presuntamente fácil se había convertido en un infierno con el empate a 1 de penalty absurdo.

  

Necesitábamos un milagro, un bombero que apagara el fuego... y si, apareció disfrazado de Piccini. Un balón suelto en la frontal del área fue cazado por el lateral derecho menos lateral que conocemos, con disparo fuerte al fondo de la red y con su zurda. Quién lo iba a decir. Qué cosas tiene este deporte. 

  

Dentro de ese balón estaba todo el valencianismo, toda esa energía, esa crispación, ese deseo de cambiar las cosas. Por un momento Mestalla dejó de pensar para sentir y dejarse llevar. Un potente orgasmo para compartir con los demás. Abrazos, besos, gritos al aire... Daba igual quién tuvieras al lado. El Valencia nos dio el mejor regalo que nos podía dar la navidad. Más que tres puntos para empezar un gran año. Celebrado con rabia por aficionados y jugadores, todos esperamos que sea ese un punto de inflexión mágico de este año y que recordaremos siempre. Que nadie te quite la alegría de celebrar un gol de tu equipo en el último segundo por mal que estén las cosas. Y menos el año que cumplimos, 100 años de historia. 

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